Dos años desde mi último ingreso

Pues si, un día como hoy hace dos años fui ingresado en el hospital por última vez. Como cualquier otro ingreso, no fue para nada fácil. Además de haber pasado todas las fechas navideñas, aquí en España se trataba de la víspera a la llegada del día de los Reyes Magos que, en mi caso, me trajeron un ingreso en el hospital de corta duración.

Venía de estar en una depresión profunda con riesgo de suicidio y no sé de qué manera, mi mujer consiguió convencerme para que hiciera el ingreso voluntario. Obviamente, la expectativa sobre donde me metía era una incógnita. Tenía miedo, para qué mentir. Pero tenía una responsabilidad hacia mis seres queridos para no arrojar la toalla y hacer un pequeño sacrificio que se merecían por los tantos que ellos habían hecho por mi. Quizás lo fácil hubiese sido dejar de lado la incesante petición de mi pareja y cruzarse de brazos esperando un desenlace un tanto incómodo que relatar.

Recuerdo que por aquellas épocas la medicación no funcionaba muy bien y llevaba algún tiempo con una dosis alta de diazepinas que me tenía medio grogui aunque hacía sustentarme en un estado que tampoco dejaba que mi cabeza diese muchas vueltas a los problemas. Como anécdota graciosa siempre cuento que de las caídas más tontas que he sufrido en mi vida, éstas han sido en dicho período de tiempo. De hecho, la dosis que tenía era de 45 mg de diazepam repartidas en tres tomas durante el día. Sin duda, mi récord personal.

Pues bien, cuando procedieron al ingreso y debido a las fechas, me tocó una psiquiatra interina de guardia a la cual, no le guardo un recuerdo especial y, tras dicho ingreso, después hablándolo con mi psiquiatra de siempre, me acabó dando la razón respecto al erróneo procedimiento que hizo conmigo. Para empezar, me retiró de golpe toda la medicación que ya venía tomando para cambiarla por otra que ella así consideró. Os podéis imaginar como mi cuerpo se resintió tras un cambio tan fortuíto. No empezó bien la cosa.

A medida que pasaban las horas, iba dándome cuenta en donde estaba  metido y la gravedad de los casos de la gente que allí me acompañaba en calidad de enfermo. A cada cual, peor y más deprimente. Pero al fin y al cabo, eso era lo de menos ya que todos estábamos para lo mismo, para salir de allí con un mejor pronóstico. Mis primeras consultas con la psiquiatra tras el ingreso fueron normales aunque el trato personal de ésta fueron de una forma muy prepotente y déspota. Lo vi muy poco profesional debido al tipo de paciente que tenía que tratar cada día en su puesto de trabajo. Entre otras cosas, vi que no mejoraba y que cada día iba a peor tras sus decisiones.

A mi mujer le empecé a relatar lo que allí estaba viviendo y ella no daba crédito a lo que me estaba pasando. Entré mal para mejorar pero a medida que pasaba el tiempo yo estaba aún peor por el trato que me estaban dando. De hecho, algunos de esos tratos que recibía, ella los pudo presenciar en directo en las horas de visita sin que por mi parte se diera una chispa para que se iniciaran. La pobre, cada vez se sentía más culpable de haberme convencido con el ingreso pero ella qué iba a saber. Se veía en la necesidad moral de tener que sacarme de allí porque la cosa se estaba poniendo peor y mi mejoría era inexistente, siendo más bien al contrario.

Al final, pedí el alta voluntario aunque me lo negaron por mi estado. Mi pareja decidió presionar y la psiquiatra tuvo a bien tener una conversación con los dos en su despacho. En unos de los momentos más tristes que he podido vivir, presencié como esta profesional con su arrogancia y despotismo se negaba a dar su brazo a torcer mientras mi mujer, rota de desconsuelo, le imploraba que ni esas eran las formas ni así podía tenerme “retenido” en la planta de psiquiatría porque al final, iba a salir mucho peor de allí con una falsa mejoría para poder salir de allí lo antes posible. Finalmente, accedió a darme el alta bajo la amenaza de que la responsabilidad de lo que a mi me pasase era de mi mujer y que en su conciencia recaería. No accedimos al chantaje psicológico y dejamos que me diera el alta sin más dilación.

Tras todo el triste suceso, salí del hospital 3 o 4 días después tras el ingreso con un suspiro de alivio en el que me convencí que ese no era mi sitio. Dejé el hospital en un estado peor pero como de todo se aprende en esta vida, me dije que dentro de mis posibilidades, lucharía para no tener que entrar otra vez allí. De hecho, por mucho peor pronóstico que tuviese tras el ingreso, me vi en la obligación de hacer todo lo que estuviese en mi mano para no tener que necesitar volver a entrar allí. Y vaya si me sirvió que no he precisado nunca más de ello.

Pude sacar una parte muy positiva y una buena moraleja que me ha estado sirviendo hasta hoy, lo que me hace pensar que aquello no fue en balde. Tuvo un significado muy importante al que estoy muy satisfecho de agarrarme para que todo este triste suceso no se volviera a repetir.

Con esto tampoco quiero decir que todos los psiquiátricos sean malos, de hecho, cumplen con un gran cometido. Es más, he visitado otros hospitales psiquiátricos y he oído hablar otras tantas experiencias buenas de ellos. En este caso, lo achaco a que tuve mala suerte y me tocó a una médico con poca experiencia que le vino grande el puesto.  Así que tampoco hay porqué desconfiar de ellos y, en caso de necesitarlo, no dudar en ponerse en sus manos.

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